Ningún invierno dura eternamente (continuación – parte II)

Esto va a ser difícil. La entrada anterior batió el récord de visitas establecido por la primera entrada del blog, y eso costará superarlo, pero continuando en el punto en el que lo dejé, no quiero daros la impresión de que pasé 5 meses en una nevera. Como todo en la vida tiene un principio y un final, el invierno de Helsinki no podía ser menos, y aunque costó, finalizó. Estaba acabando marzo, y yo aún pletórico por mi regreso de Laponia, cuando tuve que hacer mudanza. Sí, en realidad no os he llegado a contar lo que me costó encontrar piso, pero eso me lo reservo para una entrada entera, pues estuve hasta en tres pisos distintos a lo largo de esos 5 meses. Del Latokartano blanco y cubierto de nieve me trasladé a Pasila, un barrio más céntrico con su gran estación de tren, en el que conviví con 5 chicas, la mayoría entregadas a la música, estudiando en el conservatorio Sibelius, y procedían de distintas nacionalidades, ya que una era alemana, otra noruega, otra italiana y dos españolas. Fue evidentemente con las últimas con las que más conexión tuve, y las 5 eran un amor de personas, además hacían pastelitos mu ricos y hacíamos comidas con amigos suyos, lo cual me llevó a conocer a gente de muchos países distintos.

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Vivir en Pasila durante un mes dio para muchísimo, ya que vivía en un bloque de 8 pisos (creo) donde TODOS eran estudiantes, así que ya os podéis imaginar la de “reuniones” que se establecían. Donde algunos de arriba lo llaman “emborracharse a costa del estado” yo lo llamo cultura. Sí, porque por una parte, la cerveza finesa no da para tanto, y por otro, es una pasada en una sola noche poder hablar con gente de tantos países distintos, con distintas culturas y tanto que contar. No lo sabes hasta que no lo vives, aunque puedas pensar que un fin de semana en Salou o en Lloret de Mar también te permitan hacer esto, no es lo mismo.

A mediados de abril tuve la ocasión de cruzar el charco (aunque sólo fuera un día) para visitar un país que nunca me había llamado la atención hasta que Rosa fue a cantar en Eurovisión. Estonia, con su capital al norte, Tallinn, estaba a un par de horas en ferry, y allí nos fuimos unos cuantos. Cual fue mi sorpresa al descubrir que era una ciudad MUY bien conservada de forma medieval, con montones de tiendas de souvenirs del medievo. La verdad es que fue una ciudad que me enamoró por completo, y aunque pequeña, pudimos aprovechar bien el día (pelarros que llevaba por aquel entonces…). Fue sólo un día, y cundió.

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Lamentablemente,a finales de abril tuve que dejar el piso de Pasila por motivos de contrato y largarme a otro. El mejor de los mejores, de vuelta a mi Latokartano querido, esta vez VERDE, porque ya era mayo, y con mayo todo ciudadano de Helsinki sabe lo que llega. La gran festividad del Vappu, comprendida entre el 30 de abril y el 1 de mayo, dos días en los que Helsinki se tiñe de blanco y azul en honor a su bandera, y con motivo ancestral, ya que tiene su origen en la noche de Walpurgis o noche de brujas, de la cual podréis saber más clicando en el enlace. Para nosotros era una ocasión perfecta para conocer la ciudad de una forma distinta, pues todos los estudiantes estaban en la calle, celebrándolo cono buenos fineses.

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En esta foto se encuentran cuatro de los grandes pilares de mi Erasmus. Anna, Pettu y Mikko, los que acabaron siendo mis compañeros de piso en Latokartano, y Juan, el que me cedió la habitación en la que pude pasar mis últimos 3 meses en Helsinki. Y aquí nos tenéis, celebrando el Vappu, que duró todo el día 30 y su noche, así como también la resaca del 1 de mayo, que la pasamos de picnic en una explanada inmensa con miles de personas (y sus respectivas resacas). El detalle del día fue el Ford Ka que vimos con matricula española y lleno de latas vacías (no he dicho que en Finlandia puedes devolver las latas y botellas vacías a cambios de tickets de descuento para el supermercado), lo cual nos dio vergüenza y orgullo patrio a partes iguales. Realmente, aprovechamos mucho el piso de Latokartano para lucrarnos malvadamente haciendo mil fiestas y recogiendo toooodas las latas y botellas, con lo cual había semanas que comíamos prácticamente gratis. No esta mal, ¿no? En Latokartano hicimos más cosas a parte de fiestas, como por ejemplo barbacoas. Cuando hacía sol, ya era suficiente para hacer una, aunque estuviéramos a 5ºC. La barbacoa de despedida (pues en mayo mucha gente volvía a casa) fue algo triste pero emotiva, ninguna despedida carece de amargura.

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A muchas de estas personas las he vuelto a ver tras el Erasmus, a otras no, y aunque sé que probablemente no lo haga, el recuerdo basta para reabrir esa conversación pendiente y es un motivo válido como otro cualquiera para visitar un país, una ciudad… En fin, no me quiero poner ahora sentimental. Aún he de contar más cosas de esta primavera-verano!! ¿Os acordáis del lago helado al que fuimos en la entrada anterior? Pues como si de una promoción de Lost se tratase, posamos unos cuantos durante una barbacoa (sí, otra) en el mismo lago, aunque no lo parezca.

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Pero no estaba todo, el mayo trajo otro gran viaje que me marcó mucho. Otro gran (y qué gran) país nos esperaba, no podíamos volvernos de Finlandia sin visitar al gran gigante, a la madre tierra. Rusia y su grandeza. ¿Qué os voy a contar? Pues os contaré que a mi San Petersburgo me encantó, y que no nos esperábamos, para nada, los 27-30ºC que nos encontramos al llegar, y un sol radiante que duró los tres días que estuvimos. Fuimos gracias a Ivan Drugov, un ruso que se encontraba estudiando en Finlandia y se encargaba de la organización de viajes low-cost Helsinki-San Petersburgo, Weekends in Russia. No me puedo quejar, estaba muy bien montado. Nos vinieron a buscar dos rusas (muy guapas por cierto) al puerto y nos llevaron al hostal (ambientado tipo Friends) y nos pusimos a hacer turismo como locos, muy locos. Los rusos están locos. Era todo muy barato y la comida a mí me gustó. El vodka también estaba muy rico y el ambiente nocturno no estaba mal, aunque no era Malasaña ni Salou. Pero muy bien, la verdad. Pudimos ver alguna que otra catedral, ir al Palacio de Catalina, a las afueras de San Petersburgo. Impresionante. Ivan y las chicas nos contaron que los rusos, si hacen algo, lo hacen a lo grande, aunque sea una copia, pero más grande. Pudimos disfrutar del palacio y sus jardines, que llegaban hasta el Mar Báltico, todo en manga corta y bermudas. Olé Rusia! Para no extenderme demasiado os dejo unas fotos, en las que salgo yo en el palacio, con Quim en una catedral rusa, con los amigos delante del Hermitage (qué gran museo, no nos dio tiempo a verlo entero!) y en un teatro viendo El lago de los cisnes. Caro pero valió tanto la pena, 3 horas de espectáculo de ballet ruso en Rusia, no podíamos dejarlo pasar. Al final acabamos yendo en barco por los canales de San Petersburgo por la noche. Muy romántico todo.

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No lo he dicho, pero aún seguía yendo al laboratorio por aquella época. Pude lograr compaginar el trabajo de laboratorio con el ocio y la vida de estudiante en Helsinki. La vuelta de San Petersburgo fue dura pues fui del barco al laboratorio como quien dice, y ese día fue horrible, pero luego el mayo, junio y julio me esperaban con más sol que nunca. Fuimos a bañarnos (por fin) al ansiado lago Bodom. Quien bien me conoce sabe que Children of Bodom es mi grupo favorito, y que su nombre procede de los asesinatos ocurridos hace 54 años en el lago que lleva su nombre, a las afueras de Espoo (ciudad vecina de Helsinki). A pesar de los mosquitos, nos lo pasamos genial jugando al ultimate frisbee con los franceses que nos acompañaron en esos últimos meses.

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Salgo sonriente en la foto a pesar de saber que en ese lago acuchillaron hasta la muerte a tres pobres adolescentes, pero yo soy así oye, y el grupo se merece un aplauso. Son muy grandes, y fueron uno de mis motivos para irme de Erasmus a Finlandia. Es así. Además pude ir también a un festival de Heavy Metal en el centro de Helsinki, llamado Tuska Festival, en el cual pude ver a grupos como Megadeth, Edguy, Sonata Arctica o Sabaton. Muy grandes todos, lo pasé realmente bien, a pesar de los miles de millones de decibelios y de la lluvia. Muy épico.

Y quiero acabar esta entrada dando las gracias a dos personas que estuvieron conmigo los 5 meses, dos personas que me acompañaron en todos los viajes, que fueron un gran apoyo y que siguen siéndolo en mi vida actual. Dos personas que tenía muy cerca físicamente antes de irme, pero que ahora la distancia se va a ir rompiendo, aunque los siento más cerca que antes, mucho más. Anna y Quim, mis badaloneses favoritos. Nunca olvidaré las tardes al sol en la terraza del piso de Latokartano o en la hierba de abajo, ni las noches amaneciendo en esos sofás tan cómodos, los domingos recogiendo latas del comedor, o simplemente viendo pelis con vosotros, y con Mikko, Pettu y Petra. Un recuerdo para siempre.

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2 comentarios en “Ningún invierno dura eternamente (continuación – parte II)

  1. Pingback: Y a donde me lleve el viento… | Investigar en tiempos revueltos

  2. Pingback: Lo que el Erasmus me aportó | Del laboratorio a las aulas

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