Y a donde me lleve el viento…

Cuando se avecinan cambios, puedes tomártelo de dos formas: te hundes, piensas en qué has fallado, ves como todo se te echa encima y desearías volver atrás con todas tus fuerzas, o bien lo afrontas como una aventura, como el siguiente paso en tu camino, como si el destino te retara a una partida de cartas y tu ocultarás tus ases para derrotarle a lo grande.

Cuando se avecinan cambios, siempre puedes decidir por dónde los agarras, si prefieres adaptarte al cambio o hacer que el cambio se adapte a ti, a tus necesidades, a lo que quieres y deseas. Y en esto entra el cambio de residencia. Algo que siempre me ha hecho temblar desde que me negué a hacer el dichoso intercambio con Rouen hace unos 9 años, y de lo cual aún me arrepiento. Pero es pasado ya. Al darme cuenta de mi error, no dudé ni un momento en hacer un Erasmus para “compensar”, esa fue la forma de adaptar el cambio a mí. Lo de Madrid fue también otro cambio y ambos cambios ya los he contado antes (aquí, aquí y aquí), aunque algún día exprimiré la experiencia madrileña para deleitaros con un poco de buena vidorra que me pegué 🙂

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¿A qué viene este cuadro? Pues mirando la todopoderosa Wikipedia, he hecho una comparativa de la población, superficie y densidad de población entre las tres ciudades en las que he vivido. Hay que matizar un par de detalles, como que Helsinki tiene una población metropolitana que se extiende hasta más allá del millón de habitantes y que la superficie de Helsinki real es de unos 700 km2 (la diferencia con 213, unos 500 km2 aproximadamente, es AGUA/HIELO, como Lapras).

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¿Con qué Helsinki os quedáis? ¿La veraniega o la invernal? Ambas son preciosas, aunque yo me quedo con la veraniega, con todo verde y ese calor que te recuerda a la primavera de Barcelona, paseándote por las paraditas del puerto, viendo como la gente disfruta de comida en terrazas, y cerveza incluida (¡chúpate ésa, Ana Rosa!). Era pura vida en la ciudad del frío. La invernal también tenía su encanto, pero un encanto bajo cero.

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 Madrid es otro rollo, completamente. No tan agobiante como puede ser Barcelona, pues vivir en Malasaña es como vivir en un pueblo, y más yo que vivía en un bajo, a pie de calle, a dos minutos de la Plaza Dos de Mayo y a 5 minutos de la Gran Vía. Un placer, vamos. Vivir en Malasaña era sinónimo de libertad, de cultura, de fiesta, de compartir, de pura vida. Excepto los sábados y domingos por la mañana, que era como el “aftermath” de un campo de batalla. Me enamoré completamente de sus calles, de su gente y de la vida allí, del centro de Madrid y de la Castellana, del Retiro, de los bares, de los comercios, todo. Madrid fue una (sino la mejor) de mis elecciones para hacer un Máster, pues puede dar el 100% de mí tanto dentro como fuera del aula. Habrá quien diga que he tenido una vidorra en Madrid, pero también está ahí todo el trabajo que hice durante el Máster.

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Dejo para el final mi gran amor. La ciudad que me vio nacer, y la que me ha visto desde entonces, la ciudad que me enamora cada día más y por la que hubiera dado todo por quedarme, pero no ha podido ser y me da tanta pena decirle adiós (más bien hasta luego). No puedo ser objetivo al hablar de Barcelona, pero no me paso si digo que tiene todo lo que uno puede buscar en una ciudad. Diría así en resumen que es como Madrid, pero con playa. Y humedad, mucha humedad (600m de diferencia respecto al nivel del mar), pero que se puede aguantar. Pasearse por Montjuic, bajar las Ramblas y tomarse un helado en el Paseo Marítimo, la celebración del día de Sant Jordi, con todas las librerías en la calle, el estudio de guiris en el Paseo de Gracia, las noches en la Razzmatazz, un día de sol y diversión en el Tibidabo, no bañarse en la Barceloneta (lleno de guiris, palomas, masajistas asiáticas, lateros y demás), sí a Castelldefels-Gavà. Son tantas cosas que se pueden hacer en Barcelona, tantos monumentos, tantos rincones y recovecos que me dejo por ver, que necesitaría toda una vida aquí. Y tiempo al tiempo… Por ahora sé que en la imagen siguiente estará mi próximo destino. Aunque por una parte es frustrante no saber cuál es, la emoción crece cada día más, y la intriga hace que sea cual sea esa ciudad, voy a exprimirla al máximo desde el primer día.

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3 comentarios en “Y a donde me lleve el viento…

  1. Hola Daniel,
    Espero que pronto puedas conocer cual va a ser tu próximo destino y ojalá finalmente seas tan feliz y sea tan gratificante como tu experiencia en Madrid 😉
    He estado en ambas ciudad, Madrid y Barcelona, y la verdad es que ambas son muy bonitas…pero yo me quedaría con mi amada Valencia, al ser un poco más pequeña es mucho menos agobiante en cuanto número de personas por metro cuadrado!! jajaja. En Valencia sólo viví durante los años de carrera, de normal vivo en un pueblo de 24.000 habitantes, por lo que vivir en ciudad muy aglomeradas me acaba agotando, me gustan mucho para hacer turismo y extrañamente soy de esas personas que les encanta el metro, pero para caminar por el centro de una ciudad prefiero tener menos gente a mi alrededor 😛
    Un saludo 😉
    http://www.upciencia.com

    • Hola Lorena! 🙂

      Gracias por comentar! Pues yo creo que eso depende también mucho del carácter que tenga uno, aunque miles de cosas influencian en tu decisión de ciudad grande/pequeña. Yo por ejemplo prefiero irme a una ciudad más pequeña porque ya he vivido en dos ciudades enormes, y en comparación pues Helsinki tenía menos habitantes y podía ir de mi casa a la uni caminando y rodeado de naturaleza. Eso sí, para ir al centro tenía un buen trecho en bus… A mi el metro ya me agobia, y en Barcelona prefiero ir caminando a todas partes (aunque tardo casi una hora en llegar de mi casa al centro!)

      Un saludo 😀

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