La historia desde dentro: “La Doble Hélice”

Tras haber comentado el libro “Ciencia para educadores” en una entrada anterior, me puse a buscar otros libros que me inspiraran para entender mejor todo aquello que siempre nos explicaron de forma totalmente distinta a la que me hubiera gustado. Es frecuente que mediante la lectura de un libro, ya sea de narrativa o de divulgación, acabe descubriendo cosas y aprendiendo sobre hechos que de otra forma no consideraría como un proceso ameno y distraído.

 doble-heliceVi que desde hacía tiempo quería leerme “La Doble Hélice” de James Watson, pero nunca me había puesto a ello, y ahí lo encontré, en una estantería de la biblioteca de mi barrio. Al verlo tan finito me dije “esto lo leo en nada“, y así ha sido. En general el libro, al estar narrado en primera persona y sin centrarse exclusivamente en el desarrollo del modelo de la doble hélice de ADN, es de lectura fácil incluso para aquellos que no están familiarizados con los conceptos químicos y físicos de las estructuras biológicas. También te permite ver en perspectiva cómo se desarrolla la tarea científica de un investigador curioso, que no cesa en su propósito de marcar un hito en la biología moderna, que es capaz de moverse y de desplazarse a donde hiciera falta con tal de satisfacer su imperiosa necesidad de descubrimiento, y sobre todo, cómo el conocimiento científico se construye en comunidad. Las palabras de Watson dejan ver que una sola persona no es suficiente para hallar algo tan importante como la estructura del ADN, y que nada se consigue en poco tiempo ni con poco esfuerzo.

Por otro lado, también muestra la cara amarga de la investigación científica: las frustraciones, los callejones sin salida, las limitaciones logísticas, económicas y de infraestructuras, la competitividad entre grupos, la carrera hacia la publicación de un Nature (hasta que lo lograron en 1953, clicad aquí para ver la publicación), la lucha contra los extremadamente escépticos o los negacionistas, la jerarquía establecida en las universidades e institutos de investigación científica, etc.

Pero no solo se puede ver el proceso y cómo poco a poco se va viendo de forma más clara la estructura definitiva de la doble hélice, sino que también deja conocer a las personas implicadas, y sus facetas más allá de la puerta del laboratorio o despacho. Conoces como si fueran tus colegas a Francis Crick, Maurice Wilkins, Rosalind Franklin, Linus Pauling, Lawrence Bragg y muchos más. También se ve cómo se vive un congreso desde dentro, la interdisciplinaridad de la ciencia (un zoólogo, dos físicos y una cristalógrafa marcando un antes y un después en la biología moderna y el posterior auge de la genética molecular) o el deseo por aprender y saber más sobre un campo distinto sólo por aportar conocimiento al propio.

n071p18aTodos estos conocimientos, conceptos, vivencias, valores y demás que he podido leer a lo largo de las 146 páginas del libro me han hecho ver de un modo distinto cómo se vivía la ciencia en los años 50, y por ende, lo fácil que resultaría ahora dar con un modelo de la doble hélice (posteriormente se fueron confirmando otros modelos de doble, triple y cuádruple hélice) gracias a los métodos más sofisticados que tenemos; antes, secuenciar un gen te podía llenar una tesis doctoral y actualmente se secuencian en muy poco tiempo.

En definitiva, recomiendo mucho la lectura de este libro, un “must” para todo interesado en cómo se llevó a cabo el descubrimiento de la estructura de la doble hélice de ADN, sean cuales sean sus conocimientos previos, ya que la aventura que llevan a cabo Watson, Crick y compañía van más allá de una publicación científica. Es ciencia en estado puro.

P.D (SPOILER): no quería acabar esta reseña de La Doble Hélice sin alabar las palabras finales de Watson en el epílogo, en el cual reconoce la gran labor que tuvo Rosalind Franklin en este gran descubrimiento, cuya exposición a radiaciones durante los experimentos le causó tumores que llevaron a su muerte prematura a los 37 años en 1958. A pesar de que no fue incluida en el Nobel que recibieron Watson y Crick en 1962, su trabajo como cristalógrafa fue de gran ayuda, y es un perfecto ejemplo que podemos tomar en la actualidad como una de las grandes mujeres en la ciencia.

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