Lo que el Erasmus me aportó

No tenía pensado escribir una entrada en el blog haciendo un resumen en perspectiva de lo que significó para mí la experiencia Erasmus y lo que puedo sacar de ella cuatro años después. Como me dijo mi madre, y como dicen muchas otras personas, el Erasmus se podría considerar la mili del siglo XXI, aunque difiera en algunos aspectos.

“No estoy hecho para esto”

Para entender lo que voy a contar necesito volver al año 2004, en el que empecé a cursar 4º ESO y en la optativa de Francés se nos ofreció un intercambio a Rouen (Francia). Para ello, los alumnos de mi instituto iríamos allí a pasar una o dos semanas (ahora no recuerdo) y luego un francés vendría a nuestra casa. No pude hacerlo. Para aquél entonces yo era demasiado tímido y cerrado como para abrirme a acoger a una persona extraña y para pasar dos semanas tan lejos de casa. Algo similar me volvió a pasar en 2008, cursando 1º Biología, en el que un amigo me ofreció, como regalo suyo de cumpleaños, pasar una semana en Londres y a los pocos días antes rechacé también esta oferta, ya que era una semana tan lejos y no me veía capaz.

Eclosión

Ahora echas la vista atrás y esto te parece una chorrada y una forma perfecta y absurda de desperdiciar tu tiempo y de no vivir experiencias que habrían sido muy enriquecedoras. Pero pasaron dos años, llegó el diciembre de 2010 y me lancé, escribí a Finlandia para ofrecerme a pasar allí un Erasmus prácticas en un centro de investigación de la Universidad de Helsinki, y me aceptaron. El 12 de febrero de 2012 partí hacia el país de los lagos con los huevos de corbata (disculpad la expresión), pero con muchas ganas de salir de mi caparazón y atreverme a vivir cosas nuevas. Yo siempre había vivido (y por motivos laborales, sigo viviendo) en casa de mis padres, así que os podéis imaginar el cambio que supuso para mí: otra casa, otro barrio, otra ciudad, otro país, otro idioma, otro clima, otra cultura…

¿Qué os voy a contar?

Pues bien, la experiencia del Erasmus ya la describí en este mismo blog hace un tiempo (aquí la primera parte y aquí la segunda parte), pero cuatro años después de partir hacia Finlandia, y habiendo vivido allí casi seis meses, me doy cuenta de cómo tan poco tiempo bastó para obligarme a cambiar tan rápido:

  • A perder la vergüenza a preguntar, a mostrar tus dudas en público, a recurrir a lo que tengas a mano sin importarte lo que piensen o lo que opinen de ti.
  • A explotar tu dominio de otro idioma, en mi caso el inglés, y a hacerte entender de la mejor manera posible, pues no te queda otra.
  • A aprender a echar de menos a los tuyos, siendo la primera vez que estás tan lejos de ellos, saber apreciar su valor y su cariño.
  • A trabajar en un ambiente muy distinto, en el que posiblemente, según el país y su cultura, te enfrentarás a ciertos prejuicios que aquí también tenemos con los que vienen de fuera.
  • A vivir en una burbuja en la que conoces a gente que pasa por tu vida muy poco tiempo pero que calan hondo, gente que se convierte en tu familia por la situación en la que vivís, y gente a la que sabes que no olvidarás.
  • A apreciar cada detalle de cada experiencia: aguantar una tormenta de nieve, comer a las 11:30 de la mañana, vivir días sin sol y días sin noche, soportar temperaturas bajo cero, presenciar una aurora boreal, visitar Rusia (con su ballet, tours por museos, ir en barco por canales, etc.), y vivir todo esto como si fuera lo mejor que vas a vivir, porque probablemente no lo vivas más.

Querer no siempre es poder

Tengo que decir que vivir todo esto no está al alcance de todos, y es una verdadera lástima. Lamentablemente, vivir la experiencia Erasmus no suele ir a coste cero. Las becas se reducen en número y cuantía, las matrículas universitarias no dejan de subir y la opción de irse de Erasmus se difumina en cuanto ves los precios de alquileres para estudiantes en ciertos países. Unos fuimos afortunados y pudimos pagarnos parte de nuestro Erasmus allí mismo (yo conseguí, simplemente preguntando, cobrar por las prácticas que hacía), pero la gran mayoría no corre esa suerte. Desde aquí también veo oportuno hacer una crítica al sistema, que debería favorecer esta experiencia a todos, independientemente del expediente académico y los recursos económicos familiares.

En conclusión

Como habréis visto, no puedo sino estar satisfecho y muy contento por la experiencia que viví, y creo que mis palabras  transmiten que recomiendo muy fuertemente vivirla si está todavía a tu alcance. Como digo siempre, si te lo puedes permitir, hazlo. Yo no puedo hacer otra cosa que mirar hacia atrás y agradecérselo a mi yo del pasado, y a mis padres, obviamente, por confiar e invertir tanto en mí. No fue una experiencia fácil, sobre todo los primeros días, oscuros y nevados, en los que no conocía a nadie, pero todo fue cambiando, y fui formando parte de una familia Erasmus que me dio todo y a la que di todo lo que pude dar.

Si tenéis la oportunidad, poned en una balanza vuestros miedos e inquietudes y en otra las experiencias que os puedan contar, seguro que los primeros salen disparados en cuanto lo viváis. Si podéis, lanzaos a la piscina, pues como hace unos días les dije a los de 4º ESO, prefiero arrepentirme de algo que he hecho, que de algo que no he hecho.

Sed felices y pasad un buen fin de semana, que yo me pondré a corregir exámenes.

PD: Aquí tenéis unas imágenes de mi experiencia nórdica 🙂

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Un comentario en “Lo que el Erasmus me aportó

  1. Muy cierto!! Viajar una temporada al acabar los estudios y antes de comenzar a trabajar y sentar la cabeza debería ser obligatorio… mucha gente vería las cosas de otra manera! En Australia casi todo el mundo se va un año de viaje al acabar la carrera (creo que tiene que ver con traer genes nuevos a la isla.. 🙂

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