#ElCamino2017

Desde hace unos meses ya le estaba dando vueltas a cómo iba a invertir las magníficas vacaciones que me otorgaba mi privilegio de ser docente, y desde hacía unas semanas rondaba por mi cabeza la idea de volver a vivir la experiencia de El Camino de Santiago, ya que en 2009 hice unas etapas con mis amigos y esta vez quería probar algo distinto: hacerlo solo.

La cosa es que la idea me aterraba un poco. La última vez que me embarqué en una aventura yo solo fue el Erasmus. Y, aunque al poco de llegar ya contacté con amigos de la facultad, la verdad es que la primera semana lo pasé bastante mal. De todas formas, el Camino sería algo distinto, no estaría tan lejos de casa y la posibilidad de volver era más factible.

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Aún así, un amigo de Twitter, Andrés, quiso acompañarme en esta aventura y se unió a mí en el punto de inicio, Burgos. Esto me motivó bastante ya que la aventura no sería en solitario sino compartida, y además contaba con buena compañía, un pozo de sabiduría que enriquecería mi visión de las cosas. Y así fue.

Hace apenas dos semanas, los dos docentes empezamos en Burgos con las mochilas preparadas y llenas de ganas de ver qué nos deparaba el Camino. La salida de Burgos empezó con un desayuno para campeones y fuimos dejando la ciudad atrás para meternos en el campo de Castilla bajo un sol que no nos lo ponía fácil, pero pudimos llegar de una pieza a Hornillos del Camino, primera parada. Allí nos alojamos en un albergue bastante tranquilo, con su jardín y una cena comunitaria que nos hizo reponer las fuerzas que habíamos invertido en la jornada.

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El Camino se abría al día siguiente hacia Castrojeriz, uno de los municipios más grandes que pude ver en estos días. Con su forma alargada, Castrojeriz tenía una esencia muy bonita de esas que te entran ganas de quedarte unos días más. Pudimos alojarnos como señores en un albergue muy cómodo y visitar la piscina municipal, en la cual refrescarnos y aliviar las piernas, cansadas de dos días bastante duros, al ser los primeros.

Tras Castrojeriz se abría un Camino que venía siendo más de lo mismo, árido y seco, con el sol azotando nuestras espaldas. De camino hacia el siguiente destino nos encontramos con un hospital de peregrinos, en el cual Andrés mostró su destreza con la caligrafía gótica a unos americanos que quedaron (y me incluyo) perplejos al ver cómo se deslizaba el rotulador (que luego me regaló :)) para escribir sus nombres.

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Acto seguido, entramos en la provincia de Palencia y el sol seguía picando, pero la recompensa fue el albergue que encontramos en Boadilla del Camino, un pueblo muy pequeño pero en el que encontramos a medio claustro de peregrinos. Diría que fue el albergue en el cual algo empezó a cuajarse. Andrés y yo vimos que había muchos docentes haciendo el Camino y que podíamos hablar de temas bastante dispares y profundos, y de distintas nacionalidades incluso.

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Aún así, vimos que compartíamos las mismas inquietudes y problemas en el día a día con nuestros alumnos y con las modas educativas que van calando poco a poco. Allí conversamos todos alrededor de una piscina en la que refrescar los pies. Todo un placer para recargar nuestras baterías. En Boadilla conocí a alguien que, sin saberlo, acabaría siendo uno de los pilares de mi Camino más adelante, Johnny, el madrileño con el que formaría el grupejo de caminantes cantadores bajo el sol de Castilla.

Tras una buena cena y el merecido descanso (aunque con sus ronquidos peregrinos de fondo ambiental), nos despertamos al día siguiente con la meta fijada en Carrión de los Condes, un municipio grande, pero el cuarto día nos deparaba el alojamiento en un albergue municipal bastante más grande y con buenos servicios. De camino a Carrión de los Condes, pasamos por una ciudad que merecía la pena visitar, Frómista, y la Iglesia románica de San Martín de Tours. Allí, Carlos (que se nos unió el día anterior) y yo disfrutamos de las explicaciones de Andrés sobre arte románico y sobre la reconstrucción que se hizo de la misma iglesia.

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Más adelante, y por motivos técnicos, hicimos parada previa para comer, pero llegamos bien y con el tiempo suficiente como para lavar la ropa y descansar. Fue en ese momento cuando Andrés tomó la decisión de dar respiro a sus pies y detener sus andanzas por el Camino. Aún así, en mí dejó una  huella imborrable, llena de conocimiento y razonamiento que compartimos durante todas las horas andadas.

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Se abría el quinto día de Camino, que haría junto con Johnny y Carlos y acabaríamos siendo acompañados por otras tres personas que harían del viaje algo más ameno y entretenido, con música y conversaciones trascendentales. Raquel y Ana, de una mentalidad súper abierta y con ganas de compartir y conocernos, y Stefano, un italiano con muchas ganas de vivir el Camino a tope. Aunque a ellas ya las había visto en albergues anteriores, no fue hasta llegar a Terradillos de los Templarios que empezamos a hablar más con ellas, y también con Stefano. De este modo, constituimos un buen grupo de cinco al cual se iba uniendo y separando gente durante los días siguientes. En el albergue de Terradillos nos encontramos muy cómodos y disfrutamos hasta alargar un poco la noche, hablando de temas en los que la razón y la emoción se encuentran, y en ese momento hice exposición de mi conocimiento científico, que parecía resultar muy interesante, pero también aproveché para escuchar otros puntos de vista de la realidad. Muy gratificante.

Nada parecía prever lo que nos iba a suceder al día siguiente. La etapa posterior era demasiado ambiciosa para nuestro ritmo, y por eso decidimos acortarla. De este modo, pudimos estar un tiempo descansando en Sahagún, una gran población situada prácticamente en el ecuador del Camino francés.

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Pero la realidad nos tenía preparado algo distinto. En el pueblo en el que pensábamos alojarnos los cinco no quedaban plazas suficientes (el albergue municipal estaba cerrado por fumigación). Al llegar allí sin comer ni nada, lo único que pudimos hacer es aventurarnos a caminar un par de horas más hasta llegar al ansiado Burgo Ranero, lugar en el cual conseguimos alojamiento esa noche. Por motivos varios, acabamos separándonos, y Johnny y yo conseguimos, no sin antes suplicarlo al encargado, que nos dejara una caravana para dormir. Y así fue. Nunca antes habíamos dormido en una caravana, y nos la dejaron por un módico precio. Fue como un parón en el camino, pues había sido una etapa muy dura y necesitábamos reposar bien.

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Al séptimo día, la andadura ya no era tan dolorosa y se podía soportar bien el sol. Empezamos Johnny y yo con Juan, un jienense que llevaba desde el principio del Camino andando, y que nos acompañaría hasta el final de mi aventura. Esta etapa la recuerdo con poca intensidad ya que el camino fue bastante monótono y con pocas variaciones, haciendo algún que otro breve descanso hasta llegar a Mansilla de las Mulas, un pueblo bastante grande y con mucha actividad en un domingo de fiestas en el cual pudimos meter los pies en el río Elda y disfrutar de una recreación de una justa entre caballeros. Caballos, lanzas y espadas junto a las murallas de la ciudad. IMG-20170723-WA0021

Ya había pasado el ecuador de mi aventura sin yo saberlo, ya que mi destino inicial era León, pero decidí alargar el viaje unos días más para cerrarlo en Ponferrada (donde empecé ocho años atrás). Saliendo de Mansilla, el grupo fue uniéndose y separándose, recuperando a Carlos, que había tomado una ruta alternativa días antes. Los descansos de zumo y pincho de tortilla acabarían por ser un habitual del Camino durante mi aventura.

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El destino del segundo lunes era la capital de la provincia, León. No tardamos mucho en verla a lo lejos, aunque costó bastante la entrada a la capital y encontrar el albergue municipal, uno de los más grandes en los que estuvimos, sino el que más. León tenía de todo, y entre eso y que nuestros pies estaban bastante trotados, hicimos parón de una noche más. Lamentablemente, en este momento tuvimos que despedirnos de Raquel y Ana, que tenían que volver a Aranda de Duero y a Bilbao, respectivamente. Desde ese momento se hizo algo durillo el día a día en cuanto a la alegría que desprendían. De hecho, antes de que se marcharan, nos pasábamos media etapa cantando a pleno pulmón. Aún así, pudimos exprimir al máximo los dos días que pasamos en León con la compañía de muchos otros peregrinos con los que íbamos haciendo Camino.

Tras dos noches de reposo, el siguiente destino era Astorga, que estaba a dos días de camino. Johnny, Juan y yo hicimos parón en un pequeño pueblo llamado San Martín del Camino, cuyo albergue municipal era muy tranquilo y contaba con un bar cercano en el que el trato fue estupendo. En San Martín conocimos también a un grupo de docentes que venían desde el principio del Camino, Saint Jean Pied de Port. Con ellas pudimos conversar solo un rato tras la cena, pero volveríamos a encontrárnoslas más adelante.

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Al día siguiente nos esperaba una etapa bastante dura, pues Johnny y yo decidimos tomar un camino no convencional para llegar hasta Astorga, y nos topamos con unas subidas y bajadas cercanas a la carretera nacional que acabarían agotando nuestras fuerzas hasta llegar al albergue municipal. De todos modos, pudimos llegar bien y encontrarnos con Juan en el albergue en el cual nos esperaba una grata sorpresa: había estudiantes de fisioterapia y podología de la Universidad Miguel Hernández de prácticas, dispuestas a reparar lo que pudiesen a cambio de un donativo. Fue un bálsamo de esperanza para nuestros pies, que estaban en un momento algo crítico con sus durezas y ampollas. El buen trato recibido, el buen comer y el descanso en el albergue nos dieron fuerzas para el día siguiente.

Los tres sabíamos que nos esperaba un día en el que había una subidita hasta llegar a Foncebadón, pero creo que no éramos del todo conscientes de que nos iba a suponer tanto consumo de energía. De camino a Foncebadón nos encontramos con varios pueblos que tenían muy buena pinta y en alguno reposamos a comer algo. También nos encontramos con una simpática aguilucha, Yuly, que accedió a hacerse una foto con nosotros. Era la primera vez que Johnny y yo sujetábamos un águila en nuestras manos y la sensación fue brutal. Yuly y su dueño colaboran con la asociación Gaudisse, que lucha contra el cáncer infantil.

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Tras pasar un rato con Yuly y visitar un par de pueblos más, iniciamos la subida hasta Foncebadón. El tramo más duro del Camino en mi aventura y que recordaré con mucho cariño, pues el albergue que nos esperaba rezumaba buen rollo por sus cuatro paredes. Los hospitaleros del albergue Monte Irago fueron muy amables y nos ofrecieron una buena habitación, conversación y música de cantautor durante la puesta de sol. Fue una de las noches más mágicas del Camino (y para mí la última). En este albergue volvimos a encontrarnos una vez más con las chicas de San Martín, a quienes ya habíamos visto también en Astorga, y con dos chicos andaluces que conocíamos de León, y que estaban repitiendo el Camino.

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En mi último día de Camino, el reto fue seguir subiendo hasta llegar a la Cruz de Ferro, en la cual hay que dejar una piedra tan grande como sean tus pecados. Y así está, llena de pecados por todas partes. Juan y yo dejamos la piedra allí y seguimos nuestro camino, que en ese momento empezaba a descender. Alternando carretera y camino de tierra, pudimos llegar hasta el siguiente pueblo, en el cual descansamos y comimos algo (yo escogí tortilla, evidentemente) hasta esperar a que llegara Johnny. Tras el respiro, retomamos la marcha pues Ponferrada ya empezaba a verse a lo muy lejos, y parecía que a cada paso que dábamos, ésta se alejaba un poco más. Fuimos pasando por algún que otro pueblo con encanto, pero el paisaje era básicamente rocoso y muy incómodo, de forma que se agradecía que de vez en cuando hubiera algo de asfalto para cambiar la pisada.

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Al llegar a Ponferrada, encontramos de seguida el albergue municipal en el que Juan y Johnny se alojarían esa noche. En cambio yo tenía ya prevista mi vuelta al mundo real esa misma noche. Poco pudimos ver de Ponferrada y, aunque yo ya la había visitado anteriormente, lo que hicimos fue quedarnos por los alrededores del albergue y, una vez más, aprovechar el servicio de fisioterapia y podología de la UMH. Poco más puedo decir del último día que, aunque lo tengo reciente en mi cabeza, lo recuerdo como el más triste por tener la idea hecha de que era el fin del camino. Y así pude verlo al contemplar la roca que situaba Santiago a 210 km de distancia. Los mismos que recorrí cuando hice la última parte del Camino, hace ocho años.

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Y hasta aquí la descripción del viaje. Me dejo muchísimas cosas y muchos detalles que me irán volviendo a la mente con el paso de los días en Barcelona, Roda de Barà o Medellín (Badajoz). Aún así, quiero acabar el relato expresando muchas cosas que siento y que creo que tengo el deber de dejar escritas aquí.

Durante este Camino he podido experimentar muchas cosas que no pude la vez anterior. Han pasado ocho años, esta vez no he ido con el grupo de amigos, e iba mejor preparado físicamente. El Camino no ha hecho en mí una mella física sino más bien a nivel emocional. Desde siempre he entendido la vida como una sucesión de hechos con su explicación y su razonamiento. Pero he comprendido que hay cosas que cuesta mucho explicar, cosas que pueden escapar de la razón. Me he encontrado con personas increíbles, que  hacían de este viaje una burbuja aún más grande, a sabiendas de que pincharla iba a suponer un desgaste emocional bastante heavy.

De todos los que he ido conociendo me llevo cosas maravillosas. Las conversaciones con Ana y Raquel sobre lo que puede explicarse y lo que no, sobre dejarse llevar en más de una ocasión y no pensar demasiado en qué vendrá mañana, sino en hacer lo que uno siente. El conocimiento y la experiencia de Andrés, que tanto me ayudó en los primeros días de Camino, cuando aún iba desorientado y algo perdido, a encontrar otras formas de interpretar el Camino, su historia  y su arte. La forma de entender el Camino de Carlos, con su “no hay prisa” y la idea de que lo importante era llegar, no el tiempo invertido, ya que había que saborear cada paso. La buena voluntad de Stefano, el punto de vista de un extranjero en el Camino, y sus lecciones sobre italiano y rap a las tantas de la noche. La sinceridad y la comprensión de Juan, quien estuvo en los últimos momentos mostrando su cara más amable y llevando el humor por bandera aunque su pierna pidiera a gritos un fisioterapeuta. Y de mi compañero de viaje y de Camino, Johnny, quien ha sido mi mayor apoyo en el camino, y con quien mejor me he entendido, me llevo su optimismo, sus ganas de aprender y sus ganas de ver la vida con todo el positivismo posible.

Me llevo la música y los buenos momentos compartidos con todos. La verdad es que ha sido una de las experiencias más bonitas que he vivido. Quizás me arriesgaría a decir que la mejor, pero el Erasmus y el año en Madrid son rivales demasiado poderosos. Lo que sí que me aventuraría a decir es que ha sido la más intensa. Dos semanas que se me han hecho cortísimas, pero que he aprovechado y exprimido al máximo, disfrutando cada hora y cada minuto, cada bocado de tortilla  y cada trago de zumo, cada colada de ropa y cada sello en la credencial. Han sido dos semanas de compartir, de entregarse, de abrirse, de tener la sensación de que conoces a las personas desde siempre, de formar una pequeña familia que sabes que será efímera, pero no te importa.

El Camino ha sido distinto al anterior. Y eso está bien, me hace sentir que la próxima vez también lo será. Porque habrá próxima vez. Eso seguro.

Gracias a todos los que lo habéis hecho posible. Me llevo de vosotros el mejor de los recuerdos.

#ElCamino2017

 

 

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